AMIGO SIN CONDICIONES
| Visitas de Amigos |
Dos meses más tarde, estuve de vacaciones en Colombia, así que aproveché la oportunidad para hacer una parada en Cali y conocer a todos esos niños por los que habíamos “corrido”. Antes, tuve un caluroso contacto vía e-mail con Guylaine, del lado francés y con la pareja co-fundadora, Luz y Gabriel, del lado colombiano. Con ellos, había planeado encontrarme en mi llegada a Cali e ir a visitar la Fundación el sábado 23 de mayo, día en que los niños se reúnen.
Durante la primera tarde que pasamos juntos, Luz y Gabriel me llevaron a un pequeño restaurante en una parte alta de Cali, donde me explicaron apasionadamente la historia de la Fundación, su trabajo, las limitaciones a las que se enfrentan y el plan de acción que han previsto para el desarrollo de la misma.
Su iniciativa surgió de las ganas de ayudar a todos esos niños que, frecuentemente, impulsados por los problemas financieros de sus hogares, los problemas propios y las malas compañías, convergen en los semáforos, donde pasan los días haciendo de todo y a la vez nada, vendiendo pequeños objetos y malabareando para los conductores…mientras ganan, al final del día, el equivalente a sólo dos dólares.
Durante mi segunda tarde en Cali, conocí el núcleo colombiano de la Fundación, es decir, los amigos y familiares de Luz y Gabriel, quienes a su manera y en función de sus competencias, hacen parte del trabajo en la Fundación. Algo importante, es que a diferencia de la mayor parte de los fundadores de entidades privadas, que normalmente se adueñan de los puestos directivos para granjearse el poder sin siquiera conocer bien el manejo de las empresas, Luz y Gabriel decidieron delegar las áreas administrativas a otros, de modo que cada uno, comenzando por ellos, pudiera aportar a la Fundación lo mejor de sus habilidades. Así, conocí a Claudia Lorena y a Carlos, hermanos de Luz y también a Javier, director de la fundación. De igual forma, conocía a cada uno de sus respectivos esposos y esposas.
El sábado, Claudia Lorena me recogió temprano en la mañana para ir al sur de la ciudad, donde actualmente, están ubicadas las instalaciones de la Fundación. Cuando llegamos, todos los niños estaban ahí, con una sonrisa en sus labios. Estaban sentados en un círculo escuchando a Luz, quien les anunciaba la agenda del día. Inmediatamente, todos los niños se dispusieron a escribir una carta a sus padrinos (al menos aquellos niños que tienen) y luego, les fue impartido un curso de higiene buco-dental, seguido de entrevistas individuales para los que pasaban por momentos difíciles en sus hogares o ambientes sociales.
Luz me presentó a los niños y me pidió que les explicara quién era yo. A partir de ese momento, comenzaron a surgir varias preguntas espontáneas como “¿tienes hijos?”, “¿dónde queda Francia?” o incluso una aún más sorprendente, que venía de una niña de 15 años, después de haberles comentado acerca de mi proyecto de adopción en Colombia: “¿ tu me vas a adoptar, entonces?”.
Obviamente, no fui indiferente a preguntas como esas, pues traducían el estado de ánimo de ciertos niños. Sus historias son duras, cada uno tiene la suya. Si bien las tendencias son numerosas, el común denominador es siempre el mismo; familias monoparentales, con madres que hacen pequeños trabajos para ganar mucho menos de lo necesario para tener una vida financiera decente. Son entonces los niños, frecuentemente sin ser obligados por sus padres, los que toman la iniciativa de acudir a las calles en busca de algunos pesos de más. Para muchos, (siendo este caso muy común en Colombia), sus padres viven lejos de casa, trabajando como empleados y empleadas domesticas, para enviar fondos a algún pariente cercano que se encarga de los niños durante todo el año. Esta situación, obliga a los niños más grandes a hacerse cargo de sus hermanos y hermanas más pequeños, empujándolos a adquirir el rol adultos.
Los niños fueron situados de acuerdo a su edad y afinidad alrededor de varias mesas para cuatro, de modo que pudieran comenzar las creaciones destinadas a sus padrinos y madrinas. Entonces, tuve la oportunidad de acercarme a todos ellos, conocerlos y hablarles un poco. Me sorprendió mucho el contraste que había entre la motivación y la ternura que los niños ponían al escribir y dibujar la cartas para sus padrinos y el poco conocimiento que tenían de estos últimos; la mayoría de ellos, no recordaba nuestros nombres franceses difíciles de pronunciar. Es impactante ver a un niño escribir un poema de amor para alguien que le es prácticamente desconocido, pero de quien conoce un rol positivo en la vida. Tener un padrino o una madrina, es “la cereza sobre el pastel” en la Fundación; un honor, una suerte.
Estaban entonces allí, inmersos en collages, cortes y pequeñas palabras para sus cartas. Algunos no tenían padrinos ni madrinas, por lo que no sabían bien que o a quién escribir. Yo les recordé que todos en la Fundación tienen una madrina en común, Béatrice, por lo que no están verdaderamente desapadrinados. Sin embargo, es cierto que tener su propio padrino o madrina es otra cosa. Yo estaba triste de ver estos niños sin padrinos, pues para ellos, no tenerlos y ver que sus vecinos si los tienen, significa preguntarse por qué no tienen esa suerte, ni siquiera por una vez.
Durante cada una de mis pasadas por las diferentes mesas, tomamos muchas fotos, ¡ellos las adoran! estaban felices, sonrientes y no se forzaban entre ellos para quedar enfocados, ¡aunque a veces, eran muchos muy entusiasmados para una sola toma! Pero claro, las fotos son la inmortalidad, la fama y el acceso a los ojos de muchas personas muy lejos, por lo que sólo generan placer y ganas de estar en ellas. Las únicas que se mostraron un poco distanciadas por mi presencia o por las fotos, fueron las niñas más grandes, que tienen entre 15 y 17 años. Las circunstancias de sus vidas les han mostrado que el hombre no es siempre el mejor amigo de la mujer, particularmente, en el marco de violencia que viven en sus barrios. Así, ellas se mantuvieron bastante más alejadas y recelosas que el resto de los niños. Yo las comprendo. Cuando uno se da cuenta de lo que han tenido que pasar contra su voluntad, uno entiende y respeta esa distancia que las protege. Su confianza es un merito y se gana poco a poco.
Yo quedé, sobretodo, muy conmovido por Diana, quien se me acercó para hablar durante 20 minutos. Ella es una niña de 13 años, que volvió a las calles un día, en diciembre pasado, para ganar al menos lo equivalente a esos dos dólares. Mientras lo hacía, fue sorprendida por Luz y Gabriel, quienes patrullan las calles como ángeles guardianes. Diana se sintió muy culpable, no tanto por haber vuelto a las calles, sino por haber desvanecido la confianza que le tenían sus padrinos y los miembros de la Fundación. El acuerdo que existe entre los niños y los organizadores, es que los primeros pueden asistir a la Fundación siempre y cuando no vuelvan a las calles y se respeten entre ellos. Si son serios con el acuerdo, entonces tendrán derecho a un padrino o madrina, lo que significa mucho para ellos. Algunos, no son capaces de atenerse a las reglas fundamentales de la organización y pierden, por lo tanto, el derecho a sus padrinos. Sin embargo, la Fundación siempre les otorgará el derecho a volver, pues ni sus puertas ni su corazón se cierran nunca.
Diana había cometido un acto grave a su parecer y todo, por la tentación de obtener dos dólares mal ganados. La Fundación y el incentivo que se les da para que se queden en ella, son claves para la vida de estos niños. Una niña de 13 años que trabaja en las calles, ya sea haciendo malabares o vendiendo chicles, está a sólo un paso de prostituirse cuando tenga 14, como lo es el escenario clásico en los países en vías de desarrollo. La prostitución es un modo de sobrevivir; muchas niñas lo hacen para pagar sus estudios, cuando tienen la oportunidad. Entonces, mantener a un niño lejos de las calles es mantenerlo al margen de esa violencia que atenta contra su persona y su infancia, casi siempre, dejando secuelas para toda su vida. Diana estaba arrepentida y me explicó que nunca más volvería a hacerlo y que además, había escrito una carta a sus padrinos para pedirles perdón.
Luego, hablamos del futuro y de lo que ella quiere ser cuando sea mayor. Sin embargo, después de la violencia y los problemas financieros, el futuro y sus perspectivas no son muy claros, ni para ella ni para sus padres. Claramente, los niños actúan por mimetismo y pueden construir su futuro proyectándose en los otros, en su entorno y en sus padres, ¿pero qué imágenes positivas tienen estos niños? Algunos, no habían visto el centro de la ciudad de Cali hasta que fueron con la Fundación; su mundo es pequeño y a semejanza de su barrio, Brisas de Comuneros, uno de los más pobres de la ciudad. Por lo tanto, el apadrinamiento y la Fundación, son también una forma de mostrarles que el mundo y las posibilidades que en él tienen, son mucho más grandes de lo que ellos imaginan.
Para aquellos y aquellas que tengan un ahijado o ahijada, escríbanles, háganlos soñar con salir adelante, con estudiar para tener una vida mejor que la de sus padres. Muchos de los niños con los que tuve la oportunidad de hablar no se proyectan en el futuro; la Fundación tiene ese rol clave de darles afecto, soporte moral, financiero y una ayuda cotidiana que los mantiene lejos de la violencia urbana, concentrándolos en el respeto al otro, en el suyo propio y en sus estudios.
El estudio es la puerta de salida de ese mundo en el que ellos viven. Mi ahijado, Jean Carlos, tiene 13 años y no sabe leer, lo que no es sorprendente cuando se sabe que él no tiene la posibilidad oficial de ir al colegio, pues su madre nunca lo registró al nacer. Por esta razón, Jean Carlos trata de adaptarse; en el día, él permanece en su casa, apegándose a su creatividad y curiosidad para evitar que el aburrimiento lo lleve a las calles y a la delincuencia etc., mientras los demás niños de su misma edad van al colegio.
Pero no todos los niños tienen esta capacidad. Durante la semana que yo estuve en Cali, uno de los niños que más tiempo habían permanecido en la Fundación, murió a causa de un balazo. Estuvo en un mal momento con la compañía inadecuada y se hizo matar de un taxista a quien se rehusó pagar, gracias a la influencia de un “jefe” que iba a sus espaldas.
Hace poco, una niña perdió a su madre debido a un ataque cardiaco, producido seguramente por estrés, quedando sola con su padre ciego. Afortunadamente, la Fundación puso en marcha un acompañamiento psicológico y financiero para ayudar a esta niña a sobrepasar esta etapa tan dolorosa.
Tras la redacción de sus cartas, los niños tuvieron una presentación sanitaria acerca de la higiene buco-dental, realizada con la ayuda de varios voluntarios profesionales en esa área. La Fundación a sabido garantizar su crecimiento y también subsanar las necesidades de los niños, al crear una gran red de voluntarios que intervienen puntual o regularmente, ya sea para trabajar con los niños directamente o con la Fundación misma. En este momento, la Fundación se encuentra en la búsqueda de un local para comprar, en donde se pueda instalar su sede, de modo que los niños se apropien de un espacio particular y tengan dónde recibir el soporte escolar durante los días de semana.
Regularmente, los miembros de la Fundación van al barrio para visitar a las familias de los niños etc. y son cada vez más solicitados por nuevos niños que han oído hablar de los programas. La mayoría de los niños que yo conocí, están en la Fundación desde hace ya varios años y ésta, se ha convertido en algo así como un hermano mayor que los acompaña hasta la vida adulta.
Después de mi visita, me di cuenta de que una ayudita del lado francés podría cambiar realmente las vidas de todas esas sonrisas que yo me crucé. Mi esposa y yo, hemos cada uno apadrinado un niño y además, convencí a mi familia y amigos de hacer lo mismo. ¡Hay muchos niños a los que ayudar y amar!
¡Gracias a todo el equipo franco-colombiano por su acogida tan calurosa y su simpatía!
Dedico este texto a todos esos niños, amables y adorables, a quienes la vida no cuida bien, pero cuya voluntad de salir adelante y la generosidad de los voluntarios de la Fundación, ayudarán muy seguramente.
Ayúdenlos, ¡ellos lo valen!
Jean-Pierre Gressin
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